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En Málaga no pisamos tierra firme. Y esto no es una metáfora, sino lo que dice un informe sobre riesgos geológicos y geotécnicos en la capital malagueña que fue presentado el pasado miércoles por el laboratorio Lydicce y promovido por el Colegio de Aparejadores de Málaga. Conozco bien el contenido de dicho informe y no dudo de su exactitud, pues en él ha trabajado un concienzudo geólogo hasta la extenuación, saltándose horarios de comidas y robándole horas al sueño, de lo que doy fe como testigo presencial, ya que el mencionado investigador no es ni más ni menos que mi hermano, Daniel Clavero. Su trabajo nos viene a recordar algo de lo que ya dio cuenta una tragedia en nuestra historia no tan remota; Málaga es una provincia de riesgo sísmico. O sea, de profana a profanos, la probabilidad de que cualquier día nos sorprenda un terremoto no es nada improbable. Y ahí más, en el caso no peregrino de que esto llegase a ocurrir, una nada despreciable cantidad de edificios se encontrarían indefensos ante la catástrofe por no haber sido construidos con los requisitos que requiere la previsión de dicha contingencia. Nada extraño en una ciudad en la que se construye pensando más con el bolsillo que con la cabeza, con prisa y sin pausa, lo único que se puede construir en tales condiciones; castillos en el aire. Porque va en nuestra idiosincrasia lo de vivir al día sin pensar en el futuro, por más que ese futuro pueda venir marcado por una catástrofe sísmica. Qué será de nosotros, pobres mortales, entretenidos en pequeñas miserias cotidianas, el día que el suelo de nuestro piso, cuya hipoteca recibirán en herencia nuestros hijos, se desmorone bajo nuestros pies ¿Tendremos tiempo entonces de leerle la cartilla a los codiciosos constructores? ¿O qué?
Por el momento, el presidente andaluz, Manuel Chaves, quien ya ha leído el contenido del informe con alarma, ha reaccionado diciendo "¿Cómo se puede ayudar?". Por desconocimiento, ha dicho, más que por falta de voluntad en los planes de ordenación urbana no se han encontrado respuestas. Las conclusiones de la investigación nos revelan que la situación es mucho más grave de lo que nadie pudiese sospechar hasta el momento, así que ya no se puede poner remedio a la alegría y a la falta de previsión con la que se ha venido construyendo. Nos parece una paradoja que el precio cada vez más desorbitado de la vivienda no vaya parejo a su solidez, pero hasta aquí es lo que hay. Lo que nos preocupa, sin embargo, en el a partir de ahora tiene una fácil solución según dice el presidente de la Asociación Española de Ingeniería sísmica, Alex Barbat, quien afirma que dedicar una pequeña parte a mejorar las viviendas es una miseria en relación a los beneficios que de ello se puede deducir, pues "la repercusión de los riesgos geológicos sobre la economía española podría suponer hasta el 0,5 del Producto Interior Bruto (PIB). Un cataclismo económico".
Ante semejante situación, yo abogo por buscar soluciones aunque sea a partir de ahora. Por más que nos guste aquí vivir pegados al presente, tal vez tenga algún sentido pensar en el futuro, sobre todo porque ese futuro nos puede sorprender cualquier día y dejarnos de repente sin día de hoy y sin día de mañana. Quizá nos iría mejor afrontando con pulso firme lo verdaderamente importante. Ya ni siquiera esta filosofía de la apatía, de la desidia bronceada al sol nos hace felices. No lo digo yo, lo dicen las estadísticas: Málaga es una ciudad campeona en el consumo de ansiolíticos y antidepresivos. Hay razones, sí, esta ciudad crece, se va volviendo una gran ciudad, lo cual favorece que se vaya creando ese ambiente de jungla hostil, de incomunicación que caracteriza a las grandes ciudades. Sin ese metro que no llega, tan necesario, invertimos demasiado tiempo en reunirnos con los amigos y casi no nos reunimos y llegamos al trabajo con prisas, de mala leche, estresados. Realmente, caer en la depresión no es difícil; es la suma de pequeñas insatisfacciones lo que la provoca. Se dice que el organismo humano produce defensas para superar grandes desgracias: la pérdida de un ser querido, una enfermedad terminal, la ruina total, pero no para tolerar las pequeñas tragedias cotidianas, discusiones con los hijos, los compañeros, el desorden de la casa, el estrés del tráfico... todas estas pequeñas contrariedades se acumulan sin remedio, dando lugar a una tristeza abstracta pero persistente, la tristeza de los ciudadanos del primer mundo que, por algo, son los ciudadanos más tristes. Por otra parte, la depresión, siendo un mal tan común, se suele llevar con vergüenza, se oculta como un desvarío vergonzoso y, cuando se acude al psiquiatra, ya es demasiado tarde. Tampoco estas visitas son una solución, pues los psiquiatras, sobre todo si son de la Seguridad Social, se limitan a recetar fármacos que crean dependencia, dejando al paciente en un eterno estado de somnolencia. Total, que el paciente de deprimido pasa a seguir siendo deprimido -pues no curan- y además drogadicto. Sé de lo que hablo. Por culpa de un mobbing (acoso en el trabajo) -hay que ver las estrategias diabólicas que puede desplegar el odio concentrado de varios frustrados contra la persona que creen que es feliz- caí en una depresión que me llevó a la drogadicción por prescripción médica. De la depresión y de las pastillas me liberó, sin embargo, por receta propia, la literatura, el cine, la música de Mozart -mal que pese resucita incluso a Sharon- y otro mobbing más fuerte aún. Espero que para la depresión y la somnolencia colectiva no nos haga falta un terremoto. Que sea que no.

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